«Infancia» de Rubén Abella y otros microrrelatos

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


INFANCIA
Rubén Abella
Rozaduras en las rodillas. Turrón para los Reyes Magos. La nana Donata secándose el pelo junto a la estufa de carbón. Nieve. Una trenca con botones de colmillo. Valentina, una sabihonda, es un pelma el Capitán. Zapatillas de paño. Pan con chocolate. Y a ese gran Locomotoro no lo podemos aguantar. Naftalina en el ropero. Peces naranja en el estanque del Retiro. Señorita, me hago pis. Unas botas katiuskas para jugar en los charcos. Olor a leche hirviendo, a café, a sábanas recién lavadas, a la masa de las rosquillas. Niebla. La conquista del inodoro. Ya lo entenderás cuando seas mayor. Garbanzos fritos. El asfalto derretido por el sol del medio día. Vamos a cantar la canción del tres. Misas eternas en la iglesia de Santiago. Cromos de futbolistas. ¿Cuántos son tres? Una alfombra de pelusas blancas. La marca del moreno en los brazos. Nubes encendidas en el cielo que se apaga.

BALÓN PRISIONERO 
Rubén Abella
En el fragor de la partida, el balón lanzado por el equipo de las niñas se salió de la acera y fue a perderse en una fila de coches aparcados. Después de mucho buscar, Rodrigo lo encontró encajado entre el pavimento y los bajos de un cuatro latas, tan a desmano que tuvo que arrastrarse para alcanzarlo. Junto al balón encontró también los restos de un Playboy, medio hundidos en un charco aceitoso. Una de las páginas empapadas mostraba a una mujer en liguero, con una melena de oro y unos pechos imponentes, que brillaban como dos gloriosos crepúsculos entre la inmundicia. Abrumado por aquella revelación de lo oculto, de lo jamás antes visto, Rodrigo se estremeció. Cogió el balón sin apartar la mirada de la fotografía, emergió de los bajos del coche y regresó con el equipo de los niños como si no hubiese pasado nada. Pero a partir de esa tarde, todo fue distinto.

LA LUNA EN ESTÍO
Andrés Ibáñez
Ha llegado el estío. Los jóvenes se tienden a la sombra de los álamos y contemplan cómo las mujeres de la aldea descienden en hilera a través de las altas hierbas para lavar la ropa en las piedras blancas de la orilla del río. Una de ellas, acalorada, se suelta un poco las ropas y, entonces, en el afán de su tarea, uno de sus pequeños senos se hace visible. Y uno de los jóvenes, que está enamorado de ella en secreto, se siente poseído por la tristeza y piensa que acaba de contemplar, en mitad del día, la luna inalcanzable.

Lavanderas
- Vinicio Castillo -

Me senté en la última fila del autobús escolar, suplicando baches. Por fin salíamos de excursión toda la clase, y mis compañeras se regocijaban en sus asientos, mientras piropeaban al conductor. La profesora decía que la primavera no tiene remedio. Unos días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.

La primavera que me mudé a Bilbao tuve una bienvenida de más de 30 días y 30 noches de lluvia continua. Fueron más de 30 lunas de sirimiri y aguaceros que me anunciaron la inmediatez de un diluvio hacia dentro. Un diluvio de esos de los que no puedes resguardarte porque te cala los órganos, los empapa y los rebosa hasta deformarlos. Tanto llovió, y durante tanto tiempo, que perdí momentáneamente mis referencias, sin saber si lo que abrazabas era corazón o hígado, piel o vísceras. ¿Cómo se seca una cuando llueve en todas direcciones? ¿Cómo hacer para mantener la tibieza de un ánimo encharcado?
 

Creo que sobrellevé con dignidad las primeras inundaciones, pero la corriente llegó a ser tan fuerte que hubo días en los que no bastaba con atarme a la tierra. Tú pellizcabas mi mano intentando huir de esa sensación resbaliza y húmeda que todo lo impregnaba. De esa impresión repugnante y gelatinosa que tienen las pesadillas que germinan. Con esa necesidad empuñabas mis dedos deformes de tanta agua, en lugar de ser yo la que te sostuviera en la superficie, como cuando jugábamos a saltar las olas en un mar honesto y la seguridad te la regalaban mis manos.
 

Meses después aprendí a lloverme por dentro. Decidí anegar mis sueños y confundirme en la marea, agotada de ese nadar contra la corriente. No hay nada más liberador que tomar la firme decisión de rendirse. Y fue entonces cuando sobrevino el derrame. Un sentir agua fuera y dentro, agua en mis pupilas, agua en el hueco de mis uñas, agua en mi garganta, mi boca, en las caries de mis muelas malogradas, en todos los pliegues. Agua.
 

Fue de tanto llorar por fuera y ver mis lágrimas deshacerse en ciénaga que comencé a llorar por dentro. Para no rociarte de desconsuelo y que sintieras mis dedos firmes en la tormenta. Y así, agarraditos los dos, buceamos al sur ansiando secarnos. Nunca agradecí a los ojos soleados su persistencia ni su descabellada idea de evaporarme para que cesara en mi empeño de lloverme por dentro. Ni el afán por enjugarme la piel turbia. Por reconciliarme con sirimiris y aguaceros, esta canción de cuna que ahora escucho cuando quiero merecerme relajada o cuando necesito escribir.
 

Algún día volveré a las calles de Bilbao y les susurraré que ellas no tuvieron la culpa. Eso sí, con la boca entreabierta para beber su rocío. Repleta de agradecimiento por haberme enseñado a llover.