«Alacenas vacías», por Sergio Rodríguez Rodríguez

ALACENAS VACÍAS
Sergio Rodríguez Rodríguez
Amaneciendo en la Plaza de San Diego de Alcalá frente a la Universidad Cisneriana.

SANCHO: Mi buen Don Quijote, esto está tan vacío como mi estómago y mi escudilla.
 

DON QUIJOTE: No yerres en tu juicio, Sancho. Verás como en unas horas todo este espacio se puebla de pueblo llano que, por unas horas, dejará sus quehaceres cotidianos para acercarse a ver a sus reyes y a su séquito. No hay como un espejismo de relumbrón para dejar de lado las cuitas propias de sus miserias, como el sol oculta las estrellas que ya han desaparecido de nuestros ojos a estas horas del alba.
 

SANCHO: Son reyes jóvenes y bien parecidos que lucen bien en los semanarios y gacetillas esos que por ahí proliferan en lugar de libros que enriquezcan sus seseras.
 

DON QUIJOTE: Una cosa te digo, amigo Sancho, es mejor pasar desapercibido, pues de esta manera cuando te lleguen mal dadas te librarás de los golpes, y los elogios son fugaces cual tormenta de primavera que apenas riega la vanidad.
 

SANCHO: ¿Quiere decir vuesa merced que no nos recibirán y que no habrá convite con el que llenar nuestros estómagos?
 

DON QUIJOTE: Quiero decir que nuestro alimento es la dignidad y no los oropeles vacuos y los agasajos fáciles, llenen o no nuestras tripas, vacías de alimento pero plenas de orgullo caballeresco, Sancho, que si aquí no nos quieren, nos iremos a correr nuevas aventuras y desfacer otros entuertos que, por desgracia, abundan en esta piel de toro.
 

SANCHO: ¡Tanto Día del Libro, tanto Día del Libro! Las estanterías llenas y las alacenas vacías.

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