Biografía de Carlos I de España (VI Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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MADRE NO HAY MÁS QUE UNA... Y A TI TE ENCONTRÉ EN TORDESILLAS
Víctor Fernández Correas
Carlos ya estaba en España. Ahí lo dejamos en la anterior entrega, comenzando su viaje por las tierras de Castilla. Valladolid era destino final y Tordesillas, parada obligatoria. Allí penaba su desgracia -y lo que le faltaba por penar- una mujer llamada Juana, viuda de un casquivano con aires de grandeza, hija de un padre que la trató de todo menos de eso y madre de quien venía a despojarla de la poca dignidad que le quedaba. Tela.
 

Y eso que tanto Carlos como Leonor, su hermana, que le acompañaba en el viaje, estaban deseando ver a Juana, su madre. Ese sentimiento. Y más después de tantos años sin verse las caras. Pero Guillermo de Croy, Chièvres ya en esta historia, iba a su rollo. Para él, la cosa tenía un fin material, para nada sentimental: visita a la madre, que también seguía siendo Reina, y presentación de los respetos que hicieran falta. A ojos de los castellanos, un detalle importante. Y buena parte del futuro político próximo de Carlos iba a depender de dicha visita. Lo que ocurrió el 5 de noviembre de 1517.

Así que, ¿quién fue el primero en ver a la Reina? Efectivamente: Chièvres. Había que tantear el percal, comprobar en qué estado se encontraba Juana y, a ser posible, inclinarla con benevolencia hacia el terreno de su hijo. Ambos se conocían ya desde la estancia de Juana en Bruselas.

―Os encuentro muy bien señora.
―Tan zalamero como de costumbre, don Guillermo —replicó Juana, sin mirarlo—. Magníficamente entre estas cuatro paredes, ya lo veis.
―Han venido vuestros hijos a veros.
―¿Mis hijos? —preguntó ahora ella, con extrañeza—. Pero si Catalina ya está aquí, conmigo.
―Carlos y Leonor. ¿Acaso ya no os acordáis de ellos?
―¡Ah! Carlos…
―Viene a veros, a daros todo el cariño que merecéis —prosiguió el otro con tono conciliador—. Pero también quiere velar por vos, descargaros de tanta responsabilidad…
―Mucha, sí… —suspiró Juana. Después, se sentó con la mirada perdida.

Chièvres no tenía un pelo de tonto. Juana debía delegar en su hijo Carlos, pero con tacto, sin usurpar los derechos legítimos de la Reina. Beneplácito y aprobación. Ahí estaba el quid de la cuestión.

―¿Y decís que están aquí los dos?
―¡Deseando reencontrarse con vos!

Lo que vino después fue una de esas escenas que tanto gustan en las películas. Reencuentro, abrazos… Nada de protocolo. La emoción a flor de piel. Carlos alabando el buen estado físico de su madre, su belleza -37 años tenía Juana por entonces-, la salud que mostraba… Hasta que ocurre lo que ocurre cuando ha pasado tanto tiempo desde que se vio a una persona querida por última vez: Juana no reconoció a sus hijos. 11 años habían transcurrido desde la última vez que pudo tenerlos a su lado. Ya no eran unos niños de 3 (Carlos) y 1 años (Leonor), respectivamente, sino mozalbetes bien cuidados y mejor presentados.
   
―Pero, ¿son mis hijos? ―soltó Juana una vez repuesta de la emoción del reencuentro.
   
Lo eran. Y tiempo tuvieron para ponerse al día. Prácticamente una semana. Suficiente, asimismo, para que Carlos y Leonor decidieran qué hacer con su hermana pequeña, Catalina, a la que ni siquiera conocían. 10 años tenía la menor, siempre al lado de su madre y vestida de tal manera que en nada aparentaba ser nieta de los Reyes Católicos. A ello se dedicarían ambos hermanos mientras duró su estancia en el Monasterio de Santa Clara, en Tordesillas, antes de partir hacia Valladolid.
   
Y también fue en Santa Clara donde Carlos y Chièvres recibieron la noticia de la muerte del Cardenal Cisneros, Gobernador del Reino de Castilla, ocurrida el día 8 de noviembre. El primero tenía vía libre para acceder a la corona del Reino, toda vez que el segundo lo dejó todo atado y bien atado para los intereses de su representado. No le costó demasiado convencer a la Reina:

―¡Cuántos reinos que gobernar os ha concedido nuestro buen Dios! ―argumentó ante la Reina Juana el día en que ambos se entrevistaron―. ¡Y qué pesada carga resulta impartir orden y justicia en ellos! Verdad, ¿mi señora?
―Cierto es, cierto es… ―acertó a contestar Juana. La mirada, perdida.
―Pero para eso os ha dado a vuestro hijo Carlos… ―dejó caer el otro con intención―. ¿Acaso no sería mejor para vos dejarle a él la carga del Gobierno y descansar? ¡Cuánto ganaríais con ello!

Juana asentía a los argumentos de Chièvres en silencio, en su mundo. Éste, viendo que todo marchaba según quería, remató la jugada:

―Haríais bien, señora, en entregarle desde ahora el cargo a fin de que en vida aprenda a regir y a gobernar vuestro pueblo.

Carlos pasó aquella semana junto a su madre siendo ya rey de facto. Juana accedió a todo lo que Chièvres le propuso. Así, y a ojos de todos, Carlos se había comportado como un buen hijo ante su desventurada madre.
 

Le esperaban Valladolid y sus Cortes. Harina de otro costal, como veremos en la siguiente entrega.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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